Canta el poeta.
Coge su mano.
Observa sus nervios sedientos
de ingenio y dulzura.
Tiembla, fallar no debe,
pues el sanguinario auditorio
impaciente espera.
Y al recitar el verso,
extrañamente,
llora.
Pues sabe de aquél que
como él,
anónimo espectador,
sufre el fracaso del silencio
ante los que le aman y los rodean.
Pero aún así recita y clama.
Cantan los clásicos por su boca
que perdidos en un laberinto
hueco de palabras todos
escuchan pero nadie entiende.
Eh. tú, ¿ puedes ayudarme?
o sólo me queda caer.

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