Londres, teatro de comedias , 1489.
Canta,
como un flauta,
en las sienes de todos,
el deseo enardecido.
No es extraño que tanta complancencia
rebose a los propios amantes,
perdidos en el libatorio secreto de ser uno,
dice bajito una joven cortesana.
La eternidad les observa y disipa sus esfuerzos
que uno a uno, sueltos,
no adquieren significado.
Sólo su unión salva ese hueco
y da suave calor.
Para estar siempre ahí, unidos,
dentro él de ella y ella dentro de él,
igual en lo vacío que con lo lleno;
ebrios de amor.
Sí, están unidos, como si nunca mano alguna
pudiera separarlos,
sueña en el palco un viejo, doblado por los años,
cercano a su muerte.
Tal vez ondeén ,entonces,
- piensa-, hechos de carne y hueso, en el límite infinito.
Puros y realizables como la belleza
no para sí , sino plenos, en el otro.
Entre lo que escuchan y lo que creen ver.
Entre sus días y sus deseos.
Eternos, como sus huesos
que se mueven
y no se llenan jamás de amor.
Toda mi vida daría, farfulla el viejo,
lloroso, por un minuto de esta pasión.
domingo, 17 de octubre de 2010
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