Una y otra vez,
aunque conozca
la transparencia
de los cuerpos y su inconsistencia,
la vida me impone
la necesidad de humillar.
Pues no hay demasiado placer,
aunque si una lívida compensación
en el incomodo silencio
que queda
después de follar.
Lo reconozco.
No comprendo por qué las necesito,
ni por qué ellas a mí.
Pues cautivas, acceden entregadas a todos mis deseos,
buscando ciegamente aquello
que en mí no pueden encontrar.
Es la lógica de la soledad, supongo
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