A ti, deseo.
Que vences al miedo de lo que nos puede suceder.
A ti que vives en lo oscuro ,hecho sólo para el placer,
, bien entrada la noche, rodeado de hombres y mujeres
que beben sin esperanza ;
ciegos de fantasía, mendigos del amor.
A ti, deseo, te hablo y te ruego.
Arranca mi corazón y quiébralo.
Haz que muera en él lo que aún vive y me hace sufrir.
Lo que se balancea sobre mí como si fuera un despojo
y turba mi calma e inquieta mi prometedor futuro.
Paséalo por la ciudad y, al cabo del año, entiérralo.
Entiérralo como animal extinguido y olvídalo como a un soldado
que descansa, desfigurado e inútil, yermo y desconocido,
eternamente ya bajo tierra.
viernes, 21 de mayo de 2010
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A menudo el sufrimiento nos hace decir cosas como éstas. Pero el deseo siempre es necesario, creo. Pues paradójicamente, sólo él nos salva de la muerte en vida que genera una ausencia de por vida o una pasajera falta de voluntad.
ResponderEliminarGracias por pasar y leer.
Un saludo.
Es cierto. Paradójicamente necesitamos aquellos que no queremos. Así es la vida. Una estupidez donde necesitamos ser estúpidos.
ResponderEliminarGracias por pasar y leer