Aunque lo desconoce piensa que todo será olvidado.
Como si no hubiera sucedido regresará a sus quehaceres y a lo monotonía de la tienda. Olvidará ese día y como libre de pesimismos y miedos se entregó valiente y decidida a aquel hombre que tanto temían sus padres.
Ya han pasado veinte años.
Su carne, joven y tersa, está hundida en las arrugas y la vejez.
Cuando nadie le quede, libre de sus hijos y sus lamentos, volverá a ese recuerdo y a ese hombre y con él, renacido e insatisfecho, el deseo de que profanen su cuerpo.
Aunque es imposible, dice con resignación, después de tantos años volver a amar a una figura perdida.
Sólo me queda la muerte.
Atenta y avisada.
lunes, 19 de abril de 2010
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