Desde que , incontenible, la muchacha al amor
se fue entregando, tornó la culpa en vida
Y la vida en acto.
El león se sentaba
donde crecía un tiempo blanco
y se nos mira,
No con languidez y prejuicio,
sino con la exuberancia de brotar
como un manantial sin rencor
en un mundo lleno de voluptuosidad.
Pero llegó septiembre.
Y el recorrido del sol nos desplazó como si fuéramos desconocidos
Y estuviésemos enfermos, donde todos no tienen el mismo paso
Y no pueden servirse mutuamente.
Demostrando que,
en la vida
y sus incomprensibles reglas,
no todos somos iguales
ni tenenos el mismo lugar
ni el mismo fin para el amor.
domingo, 6 de junio de 2010
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